¡CIBERNAUTAS DE TODOS LOS PAÍSES PERIFÉRICOS, UNÍOS!

Por Julio García Espinosa

 
 

 

 

La Habana, noviembre 28 de 1999
Finalizando el siglo, tiene lugar en Seattle la reunión de la Organización Mundial del Comercio (OMC), la llamada Ronda del Milenio. Los persistentes problemas del audiovisual parecen ocupar un lugar significativo. En diez años, desde la primera reunión en 1988, el déficit del intercambio audiovisual entre los Estados Unidos y Europa había pasado de dos mil millones de dólares a seis mil quinientos.
La Ministra de Cultura de Francia ha declarado que por encima de las cifras económicas lo que estaba en juego era el peligro de «uniformidad de las culturas, los comportamientos y las ideas».
Las transnacionales del Disco, al igual que las del Cine, ocupan más del 80% del mercado mundial.
Hay señores que persisten en el inmovilismo de estas realidades. No sólo personas o partidos políticos, hay países que también se pudieran considerar países-dinosaurios.
Los Estados Unidos se han ganado la categoría de dinosaurio-mayor, con la persistencia en el inmovilismo de su ancestral política de obligada dependencia. No sólo la ha mantenido, corregido y aumentado en América Latina, sino que ahora la ha expandido al resto del mundo.
Los Medias no han encontrado misión más sagrada que la de legitimar estos viejos intereses como si fueran nuevos ideales. Se han dado a la tarea de virar el mundo al revés. La comunidad internacional ya no es tal, sino la que integran las naciones poderosas. Abrirse al mundo ya no significa otra cosa que abrirse al mundo de las transnacionales. Hablan del inmovilismo como si de éste fuera el cambio, la ruptura, y no la vuelta a lo mismo de siempre. Divulgan las contradicciones más impúdicas, como si de un alarde de libertad se tratara. Un solo ejemplo: limpieza étnica en Yugoslavia, sí; en Turquía, no.
Los disidentes de estas políticas cavernarias son sometidos a auténticos linchamientos mediáticos. No aparecen en los medios de comunicación, por lo tanto no existen. Si sales en los Media eres alguien. Si tu imagen no circula no eres nadie. En sus impunes andanzas, los Medias liberan alforjas cargadas de verdadero terrorismo, de implacables censuras. No es difícil comprobar cómo un acontecimiento en Kosovo, en Panamá o en cualquier otro lugar, genera el mismo tipo de noticia por todas partes. ¿Están clonados o nos tratan como si hubiéramos perdido el decoro y la capacidad de pensar por cuenta propia?
El inmovilismo norteamericano ha favorecido que la democracia se vacíe de contenido, que los parlamentos sean ignorados por las instituciones supranacionales, que el sistema democrático sea reducido a una especie de patente de corso. Los Estados Unidos se han convertido en un peligroso país que no duda.
Los Medias no se dan tregua en su afán de promover la americanización como sinónimo de modernización. Los países socialistas de Europa confundieron esta caricatura de modernidad como si fuera el escalón superior del socialismo real. Diez años después de la caída del Muro de Berlín apenas pueden ocultar su frustración y decepción. La supuesta modernidad se les transformó en regresión, desempleo, divisiones y corrupción. De los artistas e intelectuales de aquellos países ya nadie habla, ya no los mencionan los Medias. Ya éstos no disfrutan de su imagen de opositores del régimen. ¿Quién habla hoy de las realidades de la postamericanización?
No obstante, la globalización de las transnacionales del audiovisual descansa, más que en la información, en los chismes y demás cotilleos que favorecen el consumo universal de las industrias culturales. A los receptores parece interesarles más la diversión que la información. Por eso no basta con disponer de un mayor alcance para la divulgación de la información seria; se hace indispensable ganar terreno en el plano de la diversión o en el de la Cultura, entendida ésta en su dimensión contemporánea. No se exagera cuando se afirma que la Cultura es hoy la punta de lanza que puede posibilitar un mundo mejor. La Cultura se convierte y, en particular, el espacio audiovisual, en arma de la actual lucha de ideas.
La globalización se mueve como si fuera la abanderada de la universalidad de la Cultura. En verdad es el potencial que ésta tiene. Pero las transnacionales lo impiden porque son incapaces de conciliar la apertura universal con la identidad, la soberanía y, por lo tanto, la diversidad.
¿Cómo colocar, en tiempos de globalización, el concepto de Cultura Nacional? ¿Bastaría con apoyarnos en el pasado? ¿Sería suficiente la defensa del patrimonio? ¿Escudarnos simplemente en nuestras tradiciones? ¿En lo que fuimos? Desde luego que este aliento fundacional será siempre indispensable para la defensa de la identidad. Pero el hoy se nos ha vuelto un presente atenazado por mil agujas que nos niegan. El pasado cultural nos une, pero el presente nos divide. Al más riguroso de los historiadores le resulta más fácil la coherencia con el pasado que con los actuales entresijos de la vida cotidiana. Una bailarina de ballet, en su vida diaria, se divierte con la peor música de las transnacionales. El desfasaje que se ha creado entre lo que sentimos y lo que pensamos, es tan grande como el abismo que no cesa entre ricos y pobres. El presente cultural no lo construimos sólo nosotros, es más, corremos el peligro de que lo construyan sólo las transnacionales.
Asumir la globalización es un reto ineludible. Asumirla radicalmente sería tomar en serio las propias posibilidades que tanto pregona pero que no practica. Abrirse al mundo sería entonces abrirse al mundo y no a las transnacionales, y a las impotencias que éstas no evitan.
Para esta expansión universal también el pasado nos ayuda. Nuestra Historia es producto del mestizaje. El futuro está llamado a ser moldeado por un mestizaje aún mayor. La Historia demuestra que el sincretismo cultural enriquece. La identidad no se pierde, la identidad ha estado y está siempre sujeta a perpetua transformación. No importan las turbulencias que puedan surgir en el camino. Los pueblos demuestran que es infinita su capacidad para transformar lo ajeno en propio. Son las transnacionales las que impiden todo auténtico proceso de sincretismo.
Porque el signo más perverso de la globalización es que las transnacionales no divulgan la producción cultural sino los productos de la subcultura. Productos que, en efecto, obedecen a la posibilidad de una mercantilización rápida y fácil. Productos que no tienen más objetivo que el del interés comercial, tal y como las mismas transnacionales lo confiesan. De hecho, apoyados en este afán mercantil, logran despolitizar, desmemorizar y detener el crecimiento del ser humano como ser adulto. El placer que brindan consiste, precisamente, en demostrar que éste se puede obtener sin necesidad de esfuerzos ni de molestos compromisos sociales.
La relación con la Cultura proporciona la posibilidad del sincretismo. Con la seudocultura, sólo la del mimetismo.
Nosotros estuvimos peleando treinta años para independizarnos de España. Hoy vivimos orgullosos que una de nuestras raíces culturales sea la española. No eran tiempos del mercantilismo exacerbado que hoy padece el mundo.
Algo similar nos pasó, en la primera mitad de este siglo, con la cultura norteamericana, no obstante las profundas contradicciones políticas que siempre han existido. Pero la relación era con la cultura de ese país. Entonces aún existían posibilidades para diferenciar el grano de la paja. Fue posible enriquecer la nuestra con la de ellos y viceversa. Como lo demuestra, en particular, la relación que históricamente se estableció entre la música de los dos países.
Pasados los años 60 comenzó el proceso que pondría fin a una verdadera posibilidad de sincretismo. Con el auge de la globalización, apoyada en el surgimiento de las nuevas tecnologías, la auténtica producción cultural se fue perdiendo entre el espeso tejido de los productos subculturales. Las películas, los discos, y hasta los libros, dejaron de tener importancia por su calidad. El éxito económico comenzó a confundirse con los resultados artísticos. Hoy no se sabe más dónde está el talento y dónde sólo la fama. Hoy se ha prostituido hasta la noción de belleza. El rostro ha llegado a ser más importante que la mente. Se llega al ridículo de vender óvulos de mujeres bellas para garantizar proles bellas. La belleza y la fama se han convertido en grandes cuotas de poder para quienes las poseen. Parecería imposible enfrentar estos desafíos. Son muchos los intereses y muchos los recursos que alimentan esta universalidad de la mediocridad. Sin embargo no es dinero ni recursos los que más se requiere. Detrás de la aparente dinámica que provoca el mercado, resulta cada vez más pesada la modorra que encierra. Mientras más se extiende por el mundo esta espesa neblina, más provoca el deseo de buscar sus claros.
La gente cada día soporta menos la publicidad de las transnacionales. No hay cosa que moleste más que las fragmentaciones que provocan en las películas los comerciales de la televisión. En la prensa se les sufre menos porque casi nadie se toma el trabajo de leerlos. Por otra parte se presentan no pocas novedades. En el cine, por ejemplo, el público ya no es tan insensible a las películas que prescinden de los tan socorridos efectos especiales. En Hollywood, un nutrido grupo de estrellas ha manifestado su deseo de actuar, nada menos que de actuar, y no sólo de vivir de su condición de estrellas. Cada día son más las que trabajan en filmes de bajo presupuesto a cambio de participar en historias con personajes más complejos. Así también, la opción planteada por los daneses, de un cine sin afeites y a muy bajo costo, está encontrando eco por todas partes. Brasil tal vez sea el ejemplo más destacado, con sus actuales películas rápidas y baratas. Cineastas latinoamericanos comienzan a realizar sus filmes en videodigital, que les permite reducir considerablemente los costos de producción. Los propios técnicos de Hollywood están incómodos. Las inversiones de los grandes Estudios para filmar en el extranjero eran, en 1990, del orden de los dos mil millones de dólares; hoy, se han incrementado por lo menos en diez veces. Al extranjero van los actores y el equipo de dirección pero se quedan los técnicos. Esto ha provocado que el gobierno de California exonere de impuestos a los productores como una manera de incentivarlos a filmar en casa.
Lo importante es que, en el fondo, todo artista, todo verdadero artista, siente la necesidad de recuperar su autonomía frente al destino fatal que le trazan las leyes del mercado. Y lo revelador es que el mercado, con los artificiales fuegos de la subcultura, degrada no sólo al arte popular sino también al arte culto. Esta división de la Cultura, en arte culto y arte popular, que data de hace más de dos mil años, seguía, no obstante, el curso de un proceso de acercamiento. Ahora éste se encuentra amenazado por la propia globalización mercantil de la Cultura.
Desde Atenas hasta nuestros días, la Cultura ha sido privilegio de una tercera parte de la población. Lo que llamamos «nuestra Cultura Occidental» es la producción y disfrute de bienes culturales de ese tercio de la población. Desde luego es nuestra Cultura y la asumimos como un hecho indiscutible y legítimo. Pero las otras dos terceras partes también tienen su Historia. Es lo que conocemos como Cultura Popular. Una, marcada en sus orígenes por la religión; esta otra, por el trabajo. Ambas evolucionando mediante fecundos sincretismos, hacia espacios más autónomos, aunque en constantes intercambios desiguales.
En los años 60 se llegó al tope de ese acercamiento. Ya para entonces esas dos terceras partes de la población, en medio de sus históricas luchas y de sus penurias y angustias, habían logrado un mayor grado de alfabetización y un mayor incremento de su tiempo libre, y, por lo tanto, iban alcanzando posibilidades de aumentar el consumo, y su propia producción, de bienes culturales. Al mismo tiempo nuevos medios tecnológicos fueron apareciendo y propiciaron también un mayor protagonismo de estas clases populares. Bastaría mencionar dos medios que surgieron como heraldos de un arte no compartimentado y que sucumbieron enseguida a la tentación de la masividad seudocultural: el cinematógrafo y el disco. Niñas bonitas de las industrias culturales, medios donde sentaron sus predios las primeras transnacionales que en el mundo fueron.
Si los años 60, entre otras cosas, fueron un punto de giro renovador en las artes, sus señales más esperanzadoras lo fueron en que, por primera vez, se daban las condiciones para superar la división entre el arte culto y el popular y en que, además, violaban las fronteras de la Cultura Occidental fomentando el sincretismo con culturas tan lejanas como las de Asia, la India y África. Los ejemplos de renovación abundaron entonces. El cine, en plena madurez de su lenguaje, tendía puentes menos autoritarios con el público, otro tanto ocurría con la música en su proyección inclasificable; las artes plásticas reclamaban salir de las galerías y demás santuarios que tradicionalmente les habían sido asignados y buscaban insertarse en los espacios abiertos de la vida cotidiana. La poesía de los interiores buscaba sus exteriores. El espíritu buscaba la carne. La razón al sentimiento. El estoicismo al hedonismo. El llanto a la risa. El drama a la comedia. En fin, se estaba desplomando la división entre un tercio de la población y el resto de los ciudadanos. La vida parecía descansar más en la razón que en la fuerza.
Pero frente a aquellos artistas fronterizos, borradores de límites, transgresores de las compartimentaciones, el mercado arreció e impuso la fuerza por encima de la razón. La posibilidad de una cultura más humana, diversa y enriquecedora, se perdió. El mercantilismo fue más fuerte que el humanismo; el dinero lo fue, lo es, más que el arte. La globalización venía a garantizar la más absoluta libertad a los comerciantes. Los comerciantes garantizaban el incremento de sus ganancias uniformando los gustos. Las transnacionales imponían no sólo su estética sino también su ética. El resultado que hoy vemos es el predominio de la subcultura en detrimento del arte culto y del popular. Por eso, tanto el uno como el otro, no tienen más enemigo que esta opción empobrecedora que impide grotescamente la diversidad y paraliza el sincretismo legítimo que es indispensable para el desarrollo de la Cultura.
Se dice que la única posibilidad de globalizar la Cultura radica en la posibilidad de uniformar el gusto. Es la manera más fácil y segura como ciertamente lo demuestra el oportunismo de los comerciantes. Pero abrirnos a la verdadera Cultura, abrirnos a Ja diversidad, a lo desconocido, al otro, siempre será un mayor motivo de disfrute, como lo será siempre el placer que nos proporciona todo bien cultural capaz de hacernos sentir y pensar en forma más adulta. Hay que pasar del placer que nos provoca no pensar, al placer que nos provoca sentirnos inteligentes.
La alternativa posible es unir fuerzas con todos los países y sectores marginados por los centros de poder de las transnacionales. Abrir decididamente las Culturas Nacionales a la Cultura Universal, como en ningún otro momento de la Historia. Bregar por un sincretismo universal. Defender la Cultura donde ésta se encuentre. Hoy toda Cultura es periférica, incluyendo la de los propios Estados Unidos. Defender la Cultura Universal es defender la Cultura Nacional y viceversa. Por eso, en estas circunstancias, el término países periféricos, desde el punto de vista cultural, abarca al mundo entero.
¿Cómo lograr una contrainformación frente a la información repetitiva y universal de los Media? ¿Cómo defender la apertura que enriquece, la promoción del verdadero talento, la circulación de productos emancipadores? Si no se cuenta con la información oportuna e indispensable, tales posibilidades se vuelven pírricas. El nuevo medio tecnológico que es Internet está llamado a favorecer ese espacio de la contrainformación. Puede ser nuestro caballo de Troya.
Internet es una tecnología que a todos nos vuelve productores y no sólo consumidores. La telaraña que posibilita una red informática a escala internacional, puede articular múltiples telarañas de contrainformación. Estas redes, en fase interactiva, pueden difundir sistemáticamente el conocimiento de quién es quién en el mundo de la Cultura, sin excluir a los verdaderos valores de la muy dinámica, indispensable y necesaria industria del entretenimiento. Frente a la seudocultura que paraliza, se le abriría el camino al mestizaje que nos enriquece.
Los cibernautas de todos los países que abriguen estos fines podrán lograr semejante contrainformación. Asimismo podrán implementarlas en sus respectivos países. Ellos saben que la Cultura no es inocente, que nunca lo ha sido. Que todavía está lejos aquella máxima de Kant que concebía el arte como una finalidad sin fin. Hay demasiada hambre en el mundo y también perdura demasiado fariseísmo, para que la defensa de la Cultura no pueda hacer posible nuestro reencuentro con la realidad.
La Habana, noviembre 28 de 1999

Fuentes:: http://www.analitica.com/bitblioteca/garcia_espinosa/cibernautas.asp