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HAMAL

Historia Analítica de los Medios Argentinos y Latinoamericanos

Cátedra: Alfredo Marino

Feminismo de la igualdad vs Feminismo de la diferencia

Susana Gamba

 

Con años de retraso comenzamos a escuchar en nuestro país -aunque todavía en círculos reducidos- referencias a las dos tendencias denominadas del "feminismo de la igualdad" y "feminismo de la diferencia". La primera tiene importantes antecedentes históricos, y puede decirse que, con nuevos contenidos, es una profundización de las corrientes "ilustradas" y del sufragio del siglo pasado, que recibieron luego los aportes del pensamiento socialista. A fines de los años ‘60, al irrumpir el feminismo como movimiento social, se plantea como una continuación de aquellas luchas dirigidas a lograr una igualdad con el varón.
A principios de la década de los años ‘70 comienza a perfilarse dentro del feminismo una nueva tendencia, que hace de la reivindicación de la diferencia el núcleo central de sus propuestas. Si las mujeres siempre fuimos consideradas distintas a los hombres y exigíamos ser tratadas como iguales, ¿qué era esto de que queríamos ser diferentes, no sólo afirmando que lo éramos sino que queríamos serlo?

Residiendo en España y participando de un grupo de mujeres latinoamericanas que a su vez estaba vinculado al movimiento feminista español, tuve oportunidad de observar y vivir la irrupción del feminismo de la diferencia en ese país. De allí proviene mi especial interés por el tema, frente a un debate iniciado en aquellos años que abarcó a todo el movimiento feminista. Como integrante de aquel grupo de exiliadas comencé a estudiar y seguir la polémica, aunque pretendíamos tomar distancia y permanecer “neutrales”. Con el tiempo, nos dimos cuenta de que la mayoría del grupo nos habíamos inclinado por la "diferencia" sin saberlo con exactitud. Es que el eslogan "ser mujer es hermoso" ejerció una atracción tan fuerte entre nosotras que convulsionó nuestras vidas. La revalorización de lo "femenino", fenómeno contracultural, la creatividad y la imaginación desplegadas en la búsqueda de una "identidad femenina", fueron factores subyugantes que coincidieron con la experiencia del exilio y el desencanto respecto a viejos proyectos, partidos y revoluciones.
También fue importante en aquel momento haber tenido como profesores en la Universidad a Martha Moia (1), quien contribuyó a suscitar nuestro interés por todas esas ideas. La discusión en torno al feminismo tenía importante difusión en la prensa y en los medios de comunicación en general, de tal modo que nadie podía permanecer ajeno a la cuestión.
Con el tiempo, comenzaron a verse los límites o peligros del feminismo de la diferencia, y hubo respuestas inquietantes como la que planteó Paloma Villegas en un comentado artículo sobre el "feminismo devastador" (2). En el proceso de discusión y elaboración teórica, posteriormente se fueron limando las aristas más ríspidas de ambas tendencias, y pudo decirse que en general fue diferenciándose la igualdad e igualándose la diferencia. El debate en modo alguno está cerrado, pero salvo posturas extremas, como dice Celia Amorós, quienes propaguen la igualdad reconocen aportes de la diferencia, y viceversa.
En América Latina, aunque el debate no trascendió ni tuvo la misma magnitud que en los Estados Unidos y ciertos países de Europa (principalmente Francia, España e Italia), pueden leerse o interpretarse influencias e inclinaciones en diversos grupos que estuvieron presente en -al menos-los dos últimos encuentros feministas latinoamericanos, en Bertioga y Taxco (3).

Creo que estos temas son de gran importancia para el movimiento de mujeres, y que la explicitación de los mismos y su discusión constituyen elementos fundamentales para definir el rumbo que puede tomar el feminismo latinoamericano, ya que una u otra alternativa expresan estrategias muy distintas.

Aunque en Argentina el debate no se plantea abiertamente, excepto algunos pequeños grupos militantes como ATEM (4), que se definió claramente por la tendencia de la igualdad, pueden vislumbrarse actitudes en muchos grupos de mujeres que marcan distintas inclinaciones. En líneas muy generales, las mujeres de "doble militancia" o ligadas a partidos y sindicatos están por la igualdad, y ciertas corrientes radicalizadas, más ligadas a la "contracultura", se inclinan por la diferencia. No obstante, existen otros numerosos factores y variables que inciden en una elección de este tipo, y mientras no se abra la polémica resulta aventurado formular apreciaciones definitivas.

En este trabajo trato de sintetizar una caracterización de ambas corrientes a nivel internacional, siguiendo la exposición de alguna de sus autoras representativas, y de señalar algunas influencias perceptibles que revistan interés para los movimientos de mujeres latinoamericanas.

 

2. DOS MANERAS DE CONCEBIR EL FEMINISMO


En un panorama internacional, puede decirse aproximativamente que el feminismo norteamericano parece inclinarse por la tendencia de la igualdad, mientras que los movimientos de Francia e Italia se pronunciarían más por la diferencia. En España, si bien el feminismo de la diferencia tuvo un auge notable a fines de los años ‘70, imponiéndose en las jornadas nacionales de Granada (5), en la actualidad el movimiento de mujeres parece estar mayoritariamente en pro de la igualdad.

Las excepciones y matizaciones que requiere esta apreciación global son obvias, ya que en cualquiera de los países nombrados pueden señalarse exponentes destacadas de ambas tendencias. En Francia, al lado de teóricas de la diferencia como Luce Irigaray y Annie Leclerc, existen estudios tan importantes como los de Christine Delphy, quien planteó un duro debate contra las costuras "esencialistas" que encierra el feminismo de la diferencia. En Italia, Carla Lonzi es una de las principales expositoras de la corriente de la diferencia. En España, Victoria Sendón de León es una fervorosa defensora de la misma corriente, mientras que se pronuncian por la de la igualdad Celia Amorós y Empar Pineda -esta última fue quien inició una crítica pública del feminismo de la diferencia a través de diversos artículos y ponencias (6)-.

En base a los aspectos que han señalado las autoras citadas, podríamos trazar un primer esquema ilustrativo sobre las oposiciones o contraindicaciones entre ambas tendencias. Aunque este cuadro simplifica excesivamente los términos de la discusión, y aunque estas definiciones o encasillamientos constituyen un criterio reiteradamente rechazado -en particular por el feminismo de la diferencia-, puede resultar útil para una introducción aproximativa a los ejes de debate. Con tales salvedades, la oposición sería la siguiente:

 

 

FEMINISMO DE LA DIFERENCIA vs. FEMINISMO DE LA IGUALDAD

Irracionalidad vs. Racionalidad

Cuerpo vs. Mente

Naturaleza vs. Cultura

Experiencia vs. Razón

Antipoder vs. Poder

Subjetividad   vs. Objetividad

Mundo previo vs. Mundo público

 

 

Planteado el debate acerca de si las mujeres deben luchar por la consecución de la igualdad entre hombres y mujeres, o por el contrario, reivindicar su diferencia como mujeres, conviene aclarar qué se entiende por éstos términos. Las autoras enroladas en cada corriente suelen definir o explicar sus presupuestos, más claramente en unas que en otras. Sin embargo, cabe observar que dentro de la corriente de la diferencia existe una gran heterogeneidad de posturas, y algunos sectores se pronuncian por principio en contra de tales "definiciones" como parte de su ataque frontal a la cultura patriarcal, considerando que ésta impregna las formas usuales del lenguaje y la "racionalidad".

 

3. LO QUE SE ENTIENDE POR IGUALDAD

 

¿De qué igualdad hablamos? ¿Qué se entiende por igual? Los defensores del criterio de la igualdad aclaran que ello no implica de ninguna manera la identificación con el opresor (en este caso, los hombres). La reivindicación es un hecho histórico, que fue influido por la evolución constante de las relaciones sociales, y enriqueciendo en su contenido a lo largo del tiempo. Tiene sus raíces en las premisas de la Ilustración, fundamentalmente en el concepto de universalidad en el sentido planteado por Celia Amorós (1986) de que todos los seres humanos son sujetos y de que existe la intersubjetividad.

Que todas las personas poseen una naturaleza común y que, en ese sentido, son iguales, no es una idea nueva. En la antigüedad podía afirmarse la igualdad sólo entre los miembros de derecho de esa sociedad; las mujeres, los esclavos y los extranjeros quedaban excluidos. En las sociedades greco-romanas el concepto jugó un papel destacado, ya que la estructura jurídica de las mismas implicaba la desigualdad de derechos políticos y el mantenimiento de los privilegios de ciudadanos y hombres libres. Con la caída del Imperio Romano, la implantación del feudalismo y del derecho germánico constituyó una estructura social basada en otro sistema complejo de desigualdades y privilegios. En una estructura piramidal, los plenos derechos del rey o del señor feudal se contraponían con una escala de derechos de jerarquía decreciente hasta la base de los campesinos y siervos. Las luchas seculares por la igualdad llegan hasta la modernidad, y aparece entonces la formulación de los "Derechos del Hombre" (nunca mejor dicho, del hombre y no de la mujer).

Como lo señala Rossana Rossanda (1982), al plantearse los derechos fundamentales del hombre centrados en la noción de igualdad, la gran asignatura pendiente sigue siendo la igualdad de las mujeres. Ninguna de las constituciones y declaraciones de derechos de la época de las revoluciones burguesas reconocía la igualdad civil y política de la mujer, si bien es cierto que en el siglo XVIII y en el XIX se alzaron algunas voces masculinas entre los teóricos del liberalismo reclamando los derechos civiles para la mujer. Tuvieron que transcurrir muchos años para que el derecho al voto, el más elemental de los derechos democráticos, fuese reconocido dentro de las constituciones políticas.

En el debate que se estableció ya desde los años de la Ilustración y el empuje del Liberalismo, los defensores de los derechos de la mujer basaron su argumentación en la demostración racional de la igualdad de capacidades intelectuales entre hombres y mujeres, al margen de sus diferencias biológicas, atacando las ideas sobre la presunta inferioridad del talento de la mujer y sosteniendo el carácter cultural de su situación secundaria.

Así, aparecen los primeros movimientos de mujeres para pedir la equiparación entre la ley y el derecho al sufragio. No se encuentra, sin embargo, y no cabe esperarlo de los representantes del liberalismo y el racionalismo burgués, un análisis profundo del papel social de la mujer, de posición en la familia y de opresión como tal.

El movimiento feminista del siglo XIX, que bebe sus fuentes en la filosofía de la Ilustración, se ve limitado, por lo tanto, a las reivindicaciones propias del liberalismo burgués, y se centra sobre todo en las reivindicaciones de la igualdad de derechos civiles y políticos (sufragio, reforma del Código Civil). Se concibe la emancipación de la mujer como la desaparición de la desigualdad ante la ley.

Con la irrupción de las ideas socialistas, comienza a abrirse un nuevo concepto de igualdad: el de la igualdad proletaria. Frente al cuerpo ideológico característico del pensamiento burgués, el movimiento obrero revolucionario fue creando el suyo, dirigido a un proyecto de cambio radical de la sociedad. Paralelamente a este enriquecimiento del concepto de igualdad en sentido social, surgen los primeros intentos teóricos de superar el enfoque feminista liberal de igualdad, indagando más a fondo en las raíces de la opresión hasta llegar a la familia. El famoso estudio de Engels (1980) acerca de los orígenes de la familia constituye un importante avance en esa dirección, aunque posteriormente desde el feminismo se habrán de cuestionar sus limitaciones. Ya el socialismo "utópico" había efectuado las primeras denuncias sobre esa Institución, esbozando intentos teóricos para superarla con el modelo de una comunidad social distinta; no obstante, autores como Owen no realizaron un análisis del papel de la mujer y su opresión específica en la familia.
Alejandra Kollontai retomó y amplió posteriormente los argumentos de Engels contra la institución familiar, reivindicando una transformación fundamental de las relaciones entre los sexos, y planteando una posición clave que habría de convertirse en patrimonio común del movimiento feminista: la lucha de las mujeres exige su autoafirmación como tales, su autonomía política e ideológica. Pero voces como la de ella fueron minoritarias o aisladas dentro del pensamiento socialista, y las graves inconsecuencias de los partidos de izquierda en este terreno llevaron a que la lucha por la plena liberación de la mujer no se integrara con el proyecto de emancipación socialista.

Autoras enroladas en esta línea de pensamiento (7) coinciden en señalar que ello no se debió sólo a desatención o descuido, sino que fue producto de la composición del movimiento revolucionario, del hecho de que en sus propias filas la mayoría de los hombres se aferraran a los hábitos dominantes.

El resurgimiento del feminismo como movimiento social en el siglo XX, específicamente en la década de los ‘60, fue produciendo una nueva concepción de la igualdad que no se limita a lo jurídico, y que pone en primer plano la abolición de los privilegios de sexo. Al nuevo feminismo le corresponde demostrar que la naturaleza no encadena a los seres humanos fijándoles un destino, que el objetivo "natural" de la mujer no es el de ser esposa y madre al servicio del varón. Simone de Beauvoir (1977) inicia esta época con una famosa frase que resume el pensamiento y su aporte a las ideas feministas: "No se nace mujer, llega una a serlo". Con ello sintetiza que no existe ningún destino biológico que marque lo que es “ser mujer”.

Con el feminismo moderno se van abriendo paso las claves que permitirán comprender cómo se llega a "ser mujer", constatando la profundidad de las raíces de la opresión. Se opera una verdadera revolución de las ideas en diversos campos, y uno de los más notables en tal sentido es el de la sexualidad. En contraposición al puritanismo de las sufragistas, se reivindica el derecho al placer sexual por parte de las mujeres, denunciando que la sexualidad femenina ha sido históricamente negada por la supremacía masculina, se pone en entredicho todo lo que limita, reprime y oprime la sexualidad femenina, así como la exigencia de la heterosexualidad; se denuncia el "mito del orgasmo vaginal"; se cuestiona, con todas sus consecuencias políticas, que la capacidad de reproducir la especie conlleve "natural y automáticamente" la obligación de crianza de los hijos y cuidado de la familia. Además se analiza el trabajo doméstico, denunciando su carácter de adjudicado a ésta por nacimiento y de por vida, y cómo juega este factor en la opresión de la mujer, así como la función social del mismo y su no remuneración.

Todo ello implica una crítica radical por parte del feminismo de la igualdad a las bases de la actual organización social. “Ya no se acepta al hombre como prototipo del ser humano, como universal. Luchamos, sí, porque no se nos niegue ningún derecho, pero luchamos, sobre todo, para acabar con la dualidad masculino/femenino, por acabar con la división de papeles en función del sexo” (P. Uría, E. Pineda, M Oliván, 1985).

Empar Pineda define claramente lo que entiende por igualdad: "Cuando hablo de igualdad hablo de reivindicar la abolición de las diferencias artificiales en razón de sexo, los privilegios de un sexo sobre el otro, la desaparición de nuestra opresión de sexo".


4. LA IRRUPCIÓN DE LA DIFERENCIA

 

Aunque señalamos que la corriente del feminismo de la diferencia comienza a expresarse en los años ‘70, la simiente del mismo se manifiesta ya en 1968 con el grupo Redstockings de Nueva York. Dentro de él, K. Amatniek, (1969) una de sus ideólogas, comienza a resaltar los sentimientos y a negar "lo masculino" de manera global: decimos que las mujeres siempre han estado próximas a sus sentimientos, que ésta es su fuerza en la historia y en el futuro.

Las defensoras de la diferencia plantean la necesidad de construir "una femeneidad nueva" revalorizando lo femenino. Se hace de esto el eje de la cuestión. Afirmar la diferencia y defenderla será la idea básica común en esta tendencia. La mujer se constituye como "sujeto revolucionario", rechazando todas las corrientes de pensamiento y formas de poder prevalecientes (socialismo, marxismo, liberalismo, cristianismo, freudismo, etc.) en tanto son parte de la cultura patriarcal; rechazan la organización, la racionalidad y el discurso masculino.
Influenciada sin duda por el movimiento negro y su clásico eslogan "the black is beautiful", esta tendencia lanza el propio: "ser mujer es hermoso", que constituirá la consigna reivindicativa clave. Sin duda esta idea cumple una función importante en el despertar de la conciencia de las mujeres, ya que como señala Celia Amorós, ningún grupo oprimido puede partir de una imagen de autodesvalorización para luchar por liberarse. También Roberta Fossati (1880) expresa que es normal, en los inicios de su autoconciencia, que la mujer necesite valorizarse y reivindique una "identidad femenina", unos intereses distintos (aunque subraya que esto es justificable en esos inicios en que las mujeres pueden sentirse inseguras y luego de continuar en esa línea puede implicar actitudes conservadoras).

Las que propugnan fervientemente la diferencia rechazan el discurso masculino y señalan "la trampa de lo universal: los hombres han hecho nacer lo universal de lo particular; la universalidad ha sido desde siempre su truco favorito" (Annie Leclerc, 1982). Genoveva Rojo (1981) rescata las ideas de Leclerc y rechaza el feminismo de la igualdad diciendo que "no basta con afirmar que no queremos ser como los hombres de hoy, ni repetir lugares comunes sobre el deseo de futuras relaciones libres e igualitarias"; agrega que las mujeres son diferentes a los hombres, tanto natural como culturalmente y que avanzar hacia una igualdad antes de esbozar sobre qué facetas de esa diferencia puede construirse una nueva femeneidad, significaría un objetivo falso. Exhorta así a una revalorización de lo femenino y a la recuperación del orgullo de las mujeres y del amor por su cuerpo que le fuere arrebatado por el patriarcado: "ser mujer es hermoso, amémonos a nosotras mismas por entero".
La reivindicación del lenguaje de lo corporal constituye uno de los elementos presentes en todos los discursos de la diferencia. Algunas plantean la posibilidad histórica de introducir en el discurso colectivo de la liberación al tema de la desalienación del cuerpo. También desde esta perspectiva se rescata la afectividad, ligada indisolublemente a la sexualidad. Cuestionan también como en el modelo masculino de sexualidad se produce una verdadera escisión entre ésta y la afectividad.

Otro de los ejes planteados por esta corriente es la total autonomía y prescindencia de los partidos u otras organizaciones. Se denomina feministas "independientes", que no aceptan la "doble militancia" y que pueden tener origen en la ruptura con anteriores adhesiones particulares. Esta es una característica que ubica a la tendencia como un fenómeno típico de la posmodernidad.

 
En síntesis, algunos contenidos principales que distinguen al feminismo de la diferencia estarían dados por los siguientes elementos:

-Lo irracional, lo sensible, es lo propio de la mujer.

-La maternidad se reivindica y revaloriza haciendo un nuevo culto de la mujer-madre.

-Exaltación de las tareas domésticas como algo creativo que se hace con amor y con las propias manos.

 -Se rescata el lenguaje del cuerpo y la inmensa capacidad de placer de la mujer, destacando la supremacía del cuerpo sobre la mente.

-Existen diversos valores o culturas de cada sexo, que se corresponden con un "espacio para la mujer" y un "espacio para el hombre".

-Se rechaza todo tipo de poder u organización jerárquica, lo cual se considera inherente a lo masculino; el mundo de lo femenino se define en términos de "antipoder" o "no poder".

 
Como ya advertimos, la diversidad o heterogeneidad de esta tendencia relativiza las generalizaciones sobre su ideología, y hay que considerar que no todas las autoras y grupos enroladas en la misma participan o comparten la totalidad de los puntos enunciados.
Como una posición extrema dentro del feminismo de la diferencia, que resulta ilustrativa de sus rasgos centrales, podemos concluir esta síntesis citando a Victoria Sendón de León (1981), quien efectúa una crítica furibunda al pensamiento racional. Refiriéndose a Marx y Freud, les acusa de haber ejercido una influencia nefasta sobre las mujeres. Rechaza el "fantasma de la igualdad" y rescata la diferencia como posibilidad: "¿es posible, pues, una revolución que tenga la marca, el cuño de lo femenino sin que suponga una simple inversión de papeles?". Ella responde afirmativamente, siempre y cuando el rechazo de la cultura patriarcal se profundice hasta las últimas consecuencias, y propugna no salir de la marginalidad, rehusando "la masividad", reemplazar el pensamiento conceptual por el pensamiento mítico simbólico y oponer al orden el caos, como un elemento positivo y recuperador.

 

5. IMPLICANCIA DE AMBOS DISCURSOS

 

Empar Pineda y Celia Amorós realizaron un análisis muy lúcido y clarificador acerca de las implicancias conservadoras de la tendencia extrema de la diferencia. También Christine Delphy critica esta corriente, designándola como de la "neo-femeneidad", ya que no hace más que remarcar los estereotipos clásicos en la materia, y le adjudica connotaciones reaccionarias. Llevada a sus extremos, tal línea de pensamiento y de acción tendría consecuencias negativas para el feminismo, que se podrían resumir en el "abandono de la lucha".
Las autoras de la corriente de la igualdad niegan la existencia de valores femeninos, y señalan como una diferencia válida la que tiene origen en la opresión. En todo caso, como sostiene Giulia Adinolfi (1980), se puede hablar de una "subcultura femenina" que surge de la marginación: "desconocemos las implicaciones en el hecho de ser macho u hombre, puesto que lo que encontramos en una sociedad jerárquica no son machos y hombres, sino justamente construcciones sociales que son los hombres y mujeres. Hablar de valores femeninos resulta peligroso, pues equivale a admitir que tienen origen en la biología, dando la razón a las tradicionales concepciones esencialistas o biologistas.

El hecho de que muchas mujeres feministas se planteen una inversión de esos valores, adjudicándoles un signo positivo a los "femeninos" como la ternura, los sentimientos, la no-violencia, etc., en contraposición a la agresividad y la competencia masculina, si no va acompañado de una universalización de aquellos valores, no hace sino reforzar una escisión social aplicando al revés la lógica patriarcal. Si bien es deseable la universalización de tales virtudes cabría preguntarse si éstas provienen de la biología, de la esencia de lo femenino, o son producto de la opresión. Si fueran valores innatos o naturales, caeríamos en un esencialismo basado en la inferioridad biológica de los hombres, que conduciría en última instancia a la imposibilidad del cambio.

Las consecuencias de orden práctico para el movimiento feminista, que se desprenden de una y otra tendencia, podían esquematizarse planteando dos caminos a partir del rechazo de la sociedad patriarcal deshumanizada en que vivimos: si la rechazamos por ser una sociedad de opresión, lucharemos contra esa opresión para sustituirla por nuevas relaciones sociales donde desaparec erían los genéricos -el hombre y la mujer en tanto géneros- y se constituiría una sociedad de sujetos plenos, sin valores “masculinos" y "femeninos". En cambio, si rechazamos esta sociedad por ser de "hombres", las mujeres deberíamos conservar los valores femeninos y reivindicarlos por ser "superiores", pero los hombres no tendrían acceso a ellos, lo que conduciría a las mujeres a una situación de impotencia frente a la violencia masculina, o en última salida a la fuga hacia un "continente de mujeres” por ej. El “proyecto ginandria” del que habla Victoria Sendón de León (1981), o el “proyecto matria" planteado en el IV Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe en Taxco (1987).

De todos modos, la evolución de éstas tendencias permite hoy observar cómo desde la igualdad puede correrse el riesgo de la cooptación por el sistema si no existen objetivos y estrategias claras acerca de qué igualdad y qué poder quieren las mujeres y para qué. El simple hecho de querer participar del poder y compartirlo con el hombre no significa una profunda transformación en cuanto a las relaciones de género. Si bien constituye un paso adelante en cuanto se permite justamente una mayor apertura al "compartirlo", lo cual puede verse positivamente desde el punto de vista ético y de los principios de la Ilustración, no garantiza una absoluta igualdad para los géneros. Esto se visualiza fundamentalmente en los países de mayor desarrollo donde se dio una integración del feminismo en las instituciones políticas y sociales. En el caso español, con el actual gobierno del PSOE y de la creación del Instituto de la Mujer, se dio por un lado un avance en el sentido de impulsar desde el Estado una política de mayor igualdad hacia la mujer, pero por otro, al absorber a gran cantidad de feministas en compromisos burocráticos les quitó autonomía y poder de oposición y crítica. Esto es visualizado en forma negativa por feministas como Empar Pineda, quien cuestiona duramente esta tendencia. Judith Astelarra comparte algunas de las críticas y de manera más moderada lanza algunas propuestas para superar tal situación. Astelarra plantea que la alternativa para la integración de las mujeres en las estructuras de poder sin correr el riesgo de cooptación es contar con un fuerte movimiento feminista detrás que impulse la candidatura de esas mujeres y ejerza una especie de control.
En cuanto al feminismo de la diferencia es necesario reconocer la evolución sufrida y los importantes aportes en cuanto a la insistencia de la autonomía de las mujeres, así como la profundización del análisis de la opresión sexual. Todo el análisis que comprende la política del cuerpo, así como su idea de que la mujer constituye un sujeto revolucionario y el intento de buscar las formas específicas que tiene la mujer para actuar y participar son hallazgos de esta tendencia que constituyeron un avance para el conjunto del movimiento. Puede ser más cuestionado y dudosas las consecuencias del planteo de una "cultura" propia, de una identidad femenina o de un lenguaje específico, por las connotaciones esencialistas que encierra, pero son un aporte también en cuanto a lo específico de la mujer. Lo que puede ser más criticado dentro de la tendencia de la diferencia son los planteos aislados de esa política, de modo que se debilita su receptividad por la sociedad en su conjunto, y se bloquea su articulación con otras opresiones.

Bucear en las distintas subtendencias del feminismo de la igualdad requiere relacionarlo con las líneas que se dan en general dentro del movimiento feminista (que entrecruzan tanto la opción por la igualdad como por la diferencia). Estas líneas son las del feminismo liberal, marxista (hay autoras que lo dividen entre marxistas y socialista) y radical, (N. Chinchilla 1985). Puede ser motivo de futuras investigaciones indagar la relación de cada una de las tendencias del Movimiento Feminista con las premisas de la igualdad o la diferencia. Desde luego que esto tiene estrecha relación con las actitudes frente al poder y la organización. Las feministas liberales, socialistas y marxistas se enrolan dentro de la igualdad, pues tienen una alternativa de poder (aunque cada corriente entiende a esa igualdad de modo muy distinto). En cambio las feministas radicales se dividen en esta cuestión. Las radicales materialistas (como el grupo que lidera Christine Delphy en Francia, algunas feministas norteamericanas y el de Lidia Falcón en España) se plantean la lucha por la igualdad, en tanto otras tendencias radicales están por la diferencia. En general estas últimas optan por posturas más marginales y de rechazo a todo tipo de organización.

Finalizando, podemos decir que estas corrientes, aunque no se explicitaran claramente, y aunque a veces carezcan de objetivos claros, también están presentes en América Latina y tuvieron su expresión en los encuentros feministas de Brasil y de México. En nuestro continente se dan fenómenos particulares como los de la masividad y heterogeneidad del movimiento de mujeres, que si bien comparte algunas cuestiones del Movimiento Feminista no se identifican totalmente con éste. Esto otorga características especiales a ser tenidas en cuenta, ya que los grupos declarados feministas, que tienen un basamento teórico y una militancia autónoma son muy reducidos en comparación a ese movimiento de mujeres. Es preocupación central dentro del movimiento feminista latinoamericano hoy encontrar vías de diálogo y articulación entre ambos movimientos. Se observa un temor generalizado de los grupos feministas a la falta de conciencia de muchas mujeres del movimiento más amplio y a una posible cooptación del mismo por el sistema y las ideas dominantes. Esto que sin duda tiene bases reales y que requiere de dosis importante de imaginación de las feministas por liderar esos movimientos, es visualizado de modo muy diferente por lo que denominó las tendencias de la igualdad y las diferencias. Creo que el nudo gordiano para detectar las inclinaciones hacia las tendencias que nos ocupan en este trabajo de los distintos grupos feministas latinoamericanos pasa justamente por su actitud frente a lo que se dio en llamar "Movimiento de Mujeres". En el Encuentro Feminista de Bertioga el feminismo de la diferencia se manifestó en actitudes de rechazo a la discusión política y a todo intento de organización, con actitudes del franco boicot al negarse a leer los comentarios críticos de algunos talleres. Hubo una excesiva exaltación del lenguaje de lo corporal, una negación a observar las diferencias que existen también entre las mujeres (de clase, raza, sexo, cultura, etc.) y, fundamentalmente, una excesiva defensa hacia esos grupos de mujeres de movimientos denominados populares que planteaban la doble militancia, y a articular formas de diálogo y relación entre las luchas de los movimientos de mujeres y el movimiento feminista. En ese III Encuentro Latinoamericano se puede decir que triunfaron esas tendencias no explicitadas de la diferencia, ya que no se permitió efectuar ningún documento de conclusiones y no prosperaron las formas de organización planteadas por algunos talleres críticos a esta visión. Aunque hubo una oposición de diversos grupos, la falta de coordinación previa impidió explicitar las críticas y diferencias a la comisión organizadora. En Taxco, en cambio, aunque existe un predominio de la línea de la diferencia en las integrantes de la Comisión organizadora del IV Encuentro se observaron resultados inversos. El irrumpir masivo de cantidad de mujeres no provenientes de grupos feministas militantes sino del seno de movimiento de mujeres organizadas ya sea de partidos políticos, sindicatos barriales, de pobladoras chilenas, activistas revolucionarias nicaragüenses, etc. creó enorme malestar en ciertos grupos feministas. Si bien la dificultad de encontrar puntos en común era evidente y real, la alternativa de los grupos de la diferencia se observó en forma clara. La solución para el futuro era hacer dos encuentros separados, por un lado el de las feministas "puras" y por otro el del movimiento de mujeres más amplio.

Sin duda, no puede desconocerse esta realidad del continente, y la solución no pasa (según mi entender) por negar el problema sino asumirlo. El grupo "La Revuelta" de México (claramente definido por la diferencia) y algunas otras feministas que lo apoyaron fueron las que encabezaron la postura de los encuentros separados. Otras corrientes extremas de esta tendencia se pronunciaron por el “no a la masividad" y por "construir una isla de mujeres" -el mencionado "proyecto matria"- de la cual los varones quedarían excluidos. Frente a estas actitudes la mayoría del movimiento feminista y de mujeres se pronunció por un no rotundo. La realidad latinoamericana requería un especial desafío y en el futuro lo importante era encontrar las formas de articulación y de diálogo, para lo que era necesario mantener la unidad y buscar caminos en común. Quienes se expresaron por esta vía, sin negar las dificultades y los miedos a ser absorbidas por ese movimiento masivo y perder de vista la autonomía, eran las que se inclinaban por la igualdad. En América Latina el feminismo de la diferencia (aunque no se asuma como tal) se expresa en evitar la organización y estrategias de funcionamiento y en resolver mediante el aislamiento la posible articulación con un movimiento más amplio. Sería interesante indagar en futuros trabajos, artículos en los que se expresan estas posturas. Desde luego que en el documento final presentado a la prensa por diez conocidas feministas latinoamericanas en México, la concepción que prevalece es la de la igualdad, pudiéndose leer en las críticas realizadas a formas de actuar dentro del feminismo que ellas se dirigen a grupos de la diferencia (9).

 

 

Trabajo elaborado para la carrera de posgrado de Especialización en Estudios de la Mujer, UBA, 1987.

 

 

BIBLIOGRAFÍA UTILIZADA

 

1. Giulia Adinolfi, "Notas acerca de las subculturas femeninas" en n°1 y 2 de Mientras Tanto, Barcelona.

2. Celia Amorós, Hacia una crítica de la razón patriarcal, Madrid 1985.

3. ATEM, Entrevista a Celia Amorós, en Brujas n°12, año 5, Buenos Aires, marzo 198

4. Susan Brogger, ...Y líbranos del amor, Barcelona, Caralt 1978.

5. Simone de Beaauvoir, El segundo sexo, Siglo Veinte, Buenos Aires 1977.

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16. Roberto Hamilton, La liberación de la mujer, Península, Barcelona 1980.

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20. Annie Leclerc, Palavra de mulher, Sao Paulo, editora Brasiliense, 1974.

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23. Alicia Lombardi, Entre madres e hijas, Ediciones Noé, Buenos Aires 1986.

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